jueves, 20 de enero de 2011

1316

Por orden del azar,
amo tan invisible como el dios que se escapa
-nada me cuesta, nada se escurre de mí más que la fe-
me encuentro, en esta tarde
en esta esquina.
También el tiempo ahora me parece
 igual a esta ciudad
vertiginosa y sucia
y  lo ausente se encarna
por esa propensión a hacerse densa
que demuestra la sombra.
Estuvieron aquí, aún
hay restos en la borra de los pequeños posos
ecos en estos bares
de su risa o la lenta confesión de osadía
que admite que eludir,  no es triunfar
si sobre un cuello,
sedienta del oscuro manantial de la sangre
siempre pende una espada,  por todos conocida.
Entre dos reinos se dividen mis pasos
-vacilo, como siempre-
me acompañan los muertos que antes me habitaron
coloridos y sólidos, tan amables y amados,
sólo ha cambiado el modo en que me abrazan:
ëste, acaso será
el prólogo imperfecto, el papel arrojado
el ensayo,  aún desapacible
del instante de síntesis.
Algunos se ahogaron en la inversión del soplo que los trajo a la vida
otros tuvieron
-el amigo lo dice- palabras para todos,
usaron los momentos larguísimos del fin
para nombrar de nuevo, antes de irse.
Mi nombre estuvo allí
floté, como una idea indefinida
en sus últimas luces.
Mientras miro la tarde de verano
declinar, desde el revés del vidrio,
me pregunto qué nombres
aguardan en mi boca para brotar un día,
qué trazos invisibles se pliegan en mis palmas
para asomar ante los ojos abiertos de los otros
cuando cierre los míos.

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