
Huyendo, atravesaste
los disturbios del sueño,
la furia que te embosca en una esquina
te libera más tarde
en una calle quieta
y comienza a llover,
el viento huracanado del presagio
te golpea en el pecho.
Caes y te levantas, sin divisar de lejos
el amparo posible de aquellas galerías
o la puerta, que blanda,
ante un mínimo golpe
se abriría.
Ellos ya están aquí,
han tomado el poder y se reclinan
en poltronas sedosas:
es muelle la victoria y brilla siempre.
Aún en tan opacas circunstancias
el mundo se divide
con invisibles muros
que sin embargo, aplacan
tus gritos, nuestros llantos,
con sus ruidos de fiesta sin pudor,
ensangrentada
su artificio de fuegos, consumiendo.
Ellos ya están aquí,
no hay mas allá ni hay dios.
Tu sólo corazón
prendado de miserias pequeñísimas,
lo que fuiste hasta hoy,
lo que habrías de ser:
llueve sobre los techos derruídos,
suburbio de la nada,
pan duro y leche agria,
rugido de corderos
venganzas o crueldad, ceniza pura.
