martes, 24 de febrero de 2009

lunes, 23 de febrero de 2009

Calasso y las combinaciones armónicas

En esta conferencia dictada en el PEN Festival 2006, en el Town Hall de Nueva York, donde también participaron Martin Amis, Toni Morrison y Salman Rusdhie, el gran pensador italiano Roberto Calasso indaga sobre el significado y uso contemporáneo de dos conceptos a menudo invocados y mal utilizados: fe y razón. El autor de La locura que viene de las ninfas, demuestra de manera contundente, recurriendo a la etimología sánscrita, que de ninguna forma son conceptos antagónicos sino que, bien comprendidos, pueden complementarse de manera armónica. Revista H


Cuando me dijeron que nuestra reunión de hoy estaría centrada en las palabras fe y razón, pensé enseguida: está perfectamente acorde con la tradición del PEN Club, que siempre ha querido ocuparse de los perseguidos. De hecho, así me parecen estas dos palabras, que cada día sufren abusos, maltratos, violaciones. A tal grado que algunas personas, de las cuales podríamos esperar oírlas con frecuencia, por el contrario las evitan.

De hecho, lo que nuestro mundo requiere con urgencia es aquella operación que, según Confucio, debería anteceder a cualquier otra: la rectificación de los nombres. Como se lee en sus Dichos: «Una vez un discípulo le preguntó: “Si un rey un día os encargara un territorio para gobernarlo según vuestras ideas, ¿qué haríais en primer lugar?”. Confucio contestó: “Rectificaría los nombres”». Y luego le explicó a su desconcertado discípulo: si los nombres no son correctos, si no corresponden a la realidad, el lenguaje no tiene objeto. Si el lenguaje no tiene objeto, la acción se vuelve imposible −y así todos los asuntos humanos se disgregan y administrarlos llega a ser fútil e imposible. Por lo tanto, la primera tarea de un verdadero hombre de Estado es la de rectificar los nombres.

Tratemos ahora de aplicar estas palabras a nuestro mundo –y es plausible que nos sintamos sobrecogidos por una sensación de parálisis, ya que sería arduo encontrar aunque fuese sólo una entre las palabras fundamentales de la cual se pueda decir que es usada de manera generalmente aceptable. Si ahora miramos a nuestro alrededor e intentamos atravesar una parte cualquiera del mundo, encontraremos inevitablemente enjambres de personas que se refieren a la palabra fe –y a veces la esgrimen de manera amenazadora. Sin embargo, si pensamos que la palabra fe tiene que estar de algún modo relacionada con lo divino y con lo sagrado, enseguida nos asalta una fuerte perplejidad. Lo anterior porque muchos de los que ostentan su fe parecen no tener una noción precisa ni de lo divino ni de lo sagrado. Y también así, si la palabra fe debe en alguna medida corresponder a la definición más densa que hasta hoy de ella se ha proporcionado –la definición que se encuentra en el Paraíso de Dante y traduce un pasaje de la Epístola a los Hebreos: «Fe es la certeza de lo que se espera / y la convicción de lo que no se ve»−, es muy cuestionable que hoy anime verdaderamente a un elevado número de aquellas innumerables personas que se declaran “fieles”. Al menos porque no muchos parecen compartir la percepción precisa de una realidad invisible, que es el presupuesto de la definición de Dante. En cambio, se aprecia de inmediato algo más tanto en el Oeste como en el Este, en el Norte como en el Sur: la palabra fe se ha convertido, para un extenso número de personas, en el más eficaz entre los aglutinantes sociales, el único que proporciona una reserva inagotable de certezas, con base en las cuales las acciones más diversas pueden ser realizadas, las más inofensivas pero también las más perniciosas, sin necesidad de justificaciones ulteriores. Y esto de por sí vuelve potencialmente dañina cualquier acción.

El sentido de la Gemeinschaft, de la «comunidad», anhelado por ciertos sociólogos pasados de moda como Tönnies y vuelto quimera por el mero propagarse del mundo técnico, es así reactivado y recobrado al servirse de la palabra fe, que en este punto ya no tiene necesidad de referirse a la percepción de una realidad invisible, sino que se satisface con el calor animal emanado por la comunidad de los fieles. Esto induce a una constatación muy amarga: que la verdadera religión ecuménica de nuestro tiempo tiende a ser la sociedad misma, el «gran animal» del que escribió Platón −y que Simone Weil reconoció a su alrededor en la Europa de los años treinta.

Es una ironía no irrelevante de la historia el hecho de que un discurso de una manera u otra paralelo al que versa en torno a la palabra fe pueda ser aplicado a la palabra razón. En cierta parte de la comunidad científica y en un amplio sector de la comunidad de los que quieren imitar el pensamiento de la comunidad científica, la palabra razón sigue siendo usada como una especie de remedio para todos los males. Los que lo hacen son más bien los legítimos herederos de aquellos positivistas de finales del siglo xix, los cuales afirmaban que la conciencia y la mente eran epifenómenos secundarios que debían ser reconducidos –una vez llegado el momento– a la madre de todas las certezas y de toda razón: la materia. Mientras tanto –o sea en los últimos cien años– la materia se ha convertido en el lugar de una explosión progresiva de paradojas, a primera vista bastante irracionales. Explosión que no parece haber concluido. En consecuencia, nadie se ha vuelto tan desconfiado como los físicos −que cada día deben abrirse paso entre aquellas paradojas−, sino es que incluso se han vuelto sarcásticos, con respecto a la palabra razón.

En este punto parecería recomendable una sabia reserva –o por lo menos cierta prudencia farmacológica con respecto a las dos palabras fe y razón: úsense en pequeñas dosis. Si luego se quisiera buscar un ejemplo en la dirección opuesta, un caso en el cual las dos palabras, fe y razón, hayan actuado juntas, obedeciendo a presupuestos transparentes y rigurosos, sería recomendable mirar hacia atrás en dirección de un punto que está lejos de nosotros por casi tres mil años. Pienso en una palabra sánscrita –sraddha−, que se encuentra muy a menudo en los Brahmana, textos de exégesis litúrgica que se remontan a la época védica. Marcel Mauss observó que sraddha corresponde, también fonológicamente, al latín credo. Dumézil proponía traducirla como «confianza tranquila». ¿Pero qué era esta fe védica? Ante todo una convicción relativa a los actos rituales. Sin la sraddha, la fe en la eficacia del acto que se está realizando, el sacrificio es vano. Y, según el pensamiento védico, si el sacrificio es vano todo es vano. Por lo tanto sraddha, la fe ritual, es la confianza, no demostrable sino implícita en toda acción, en que lo visible actúe sobre lo invisible y sobre todo que lo invisible actúe sobre lo visible. Los Brahmana dedican a esta palabra las más audaces especulaciones. Y tratan también de responder a una interrogante insidiosa: si no existiese nada que fuera tangible, ¿cómo se podría llevar a cabo el sacrificio? La respuesta nos llega a través del sabio Yajnavalkya. Si también faltaran la leche y el fuego donde verterla, igualmente se podría celebrar el más elemental de los sacrificios, el agnihotra. Pero ¿de qué manera? «Ofreciendo como libación la verdad –satya– en la fe, sraddha», dijo Yajnavalkya.

Sylvain Lévi traducía satya no como «verdad» sino como «exactitud». Lo anterior nos hace sentir de modo aún más contundente cómo la aspiración más tenaz de la razón –la adaequatio rei et intellectus− puede conjugarse con un acto ritual. Y el nudo se aprieta en una fórmula memorable, que se encuentra en el Aitareya Brahmana. Así la traducía Lévi: «Confianza y exactitud; ésta es la pareja más bella». Pero ¿existe en Occidente y en tiempos no demasiado lejanos algo que vagamente recuerde esta fórmula? Posiblemente sí –y se le puede encontrar en El hombre sin atributos de Musil, allá donde se cuenta que Ulrich, el matemático protagonista de la novela, había imaginado instituir una «Secretaría General de la Exactitud y del Alma». Aún más que las Naciones Unidas es tal vez esa Secretaría la que nos haría falta. Y quizás nunca como en este momento hemos estado tan lejos de ella.

© Roberto Calasso, 2006.

© De la traducción, Valerio Negri.


Anagrama acaba de editar en España "El rosa Tiépolo", que completaría la pentalogía iniciada con La ruina de Kasch.

domingo, 22 de febrero de 2009

viernes, 20 de febrero de 2009

Jardín de los fugitivos




La presión fue tan fuerte
que desató explosiones muy violentas
esas nubes de fuego, al enfriarse,
cayeron como lluvia de cenizas,
y así se sepultaron las ciudades
que emergieron más tarde, talladas en el tiempo,
de tiempo y fuego al fin, endurecidas:
Pompeya y Herculano
eternas como piezas de un gran juego
más allá del estruendo del Vesubio.
Un rugido de furia subterránea
y esas aguas viscosas
descorrieron su oleaje de ardor, sílice, truenos
inundando las calles
atrapando los gestos susurrantes,
(poses de falso amor que ensayaban las lobas)
sobre un piso esmaltado, en los suburbios
o el trabajo de un hombre que empuñaba el martillo,
o una azada en el huerto,
estremeciendo al perro que su amo condenara
atándolo a la puerta de la casa,
y a Plinio que soñó que el mar ardía
de pie, sobre la playa. Fuego que sería piedra
y todo lo cubría, los cuerpos que intentaban escaparse
hacia el jardín penúltimo
(no hay refugio del cielo, no habrá, jamás, no hubo)
ni orando por tu muerte o por tu vida,
los amantes, apenas despegados
-como en el mar del sueño que separa-
cada uno en su cárcel,
los niños con sus pasos, sin remedio, brevísimos,
los viejos con su ceño airoso o resignado
-no sorprende el dolor si se ha vivido años-
sorprende, sin embargo
si te ocurre pensarlo, si lo miras
desde este oscuro tiempo, en estos días,
ese parque de estatuas del pasado
exhibiendo ante el mundo
una fuerza latente y poderosa
capaz de unir en suaves vaivenes nuestras bocas
o descargar sin más, sobre todos nosotros
la fiereza del fuego, las navajas del viento,
la impiedad de las aguas, o el látigo del rayo.