sábado, 30 de agosto de 2008
jueves, 28 de agosto de 2008
Ensamble
Heráclito
Dulce en sus modos
con dedos suaves te despega
-como si alas
de una débil
mariposa tardía-
la sudorosa espalda de las sábanas.
Todo temblor renuncia,
rendido a esa inaudita claridad
te dejarás llevar por la corriente
del doméstico río que nos mece.
Apenas un suspiro concentrado
te humedezca los labios
sellados estarán
por esa fuente verdadera
en la que sólo habrás bebido
alguna vez
lejana y encubierta
en los pliegues de un tiempo que transcurre
brevemente infinito,
si confías.
Si te abres ahora,
en el lapso que media
en dos latidos
sístole y
diástole
pulso inaudible de tu sangre,
te será dado
como el oro en la palma de una mano
el sabio corazón de música que traen
estos viejos violines
que por las noches lloran
largas sonatas,
y cantan
-siempre a lo lejos-
con la voz de los sueños que fallaron
oscuras y certeras elegías.
El león en invierno, o la miel de la amargura
_-_Portrait_of_Leo_Tolstoy_(1887).jpg)
Un par de años después de Anna Karenina, Tolstoi escribió esta pequeña obrita, "Confesión" donde da cuenta de su desesperada búsqueda por hallar un destino trascendente, más allá de la gloria y los placeres mundanos que ya había logrado. Un testimonio de índole moral, espiritual, un certificado de insatisfacción, que incluye - aún utilizándola- a la escritura.
"Un viajero fue perseguido por una furiosa bestia en un descampado. Escapando de la bestia, él logro introducirse en una gruta; pero, tan pronto como se introdujo, vio en el fondo de la gruta un dragón que abría sus fauces para devorarlo. El muy desafortunado, había quedado en una posición intermedia en la que si subía seria devorado por la bestia que lo perseguía y si seguía cayendo seria devorado por el dragón, así que logró aferrarse a una rama que salía de una grieta y quedo colgado de ella. Sus manos fueron debilitándose cada vez mas, hasta que le pareció que pronto tendría que resignarse a la destrucción que le esperaba, lo mismo arriba que abajo, pero él siguió aferrado. Entonces, vio como dos ratones, negro el uno y blanco el otro, se daban a la tarea de pasar royendo una y otra vez la raíz de la rama de la que él colgaba. Pronto la raíz se desprendería y él caería dentro de las fauces del dragón. El viajero se percató de su desesperada situación y supo que perecería inevitablemente. Pero, mientras seguía colgado logró otear unas gotas de miel en las hojas de la rama, las alcanzo con la lengua y las lamió.
Así es como yo estoy: colgado de la rama de la vida, conciente de que el dragón de la muerte me espera, para destrozarme; y no puedo entender cómo he llegado a este tormento. He intentado lamer la miel que antes me consolaba, pero ya no me otorga placer, y los ratones del día y de la noche terminaran por roer la rama de la que cuelgo. Mientras veo tan claramente al dragón, la miel ya no me resulta dulce. Sólo veo al ineludible dragón y a los ratones, no puedo apartar mi mirada. Está no es una fábula, sino la verdad incontestable, inteligible para todos.
La decepción que me han dado los placeres de la vida, que antes alejaban de mí el terror al dragón, ya no me consuelan. No importa que repetidamente me digan: “tú no puedes entender el sentido de la vida, no pienses en ello, tan sólo vive”, ya no puedo seguir haciéndolo: lo he hecho ya demasiado. El paso del día y de la noche ya no está a mi servicio, pues me acerca a la muerte. Esto es todo lo que puedo ver, esa es la única verdad. Lo otro es falso.
Los dos goterones de miel que servían de consuelo a mis ojos frente a la cruda realidad: el amor de mi familia y la escritura -yo lo llamo arte- ya no me resultan algo dulce.
León Tolstoi
martes, 26 de agosto de 2008
lunes, 25 de agosto de 2008
sábado, 23 de agosto de 2008
Mano a mano

El catedrático y escritor es el autor de estos poemas,
que pertenecen a un libro que tituló "La clausura de febrero
y otros poemas malos". Con "la clausura de febrero" no
sabemos bien a qué atenernos, con lo de "poemas malos",
en cambio -agradecemos la advertencia- pero incluso el
anuncio hecho en el título nos llega tarde, lo habíamos
notado.
Parece que lleva más de dos décadas convencido de que la
poesía no es lo suyo.
Tal vez nos haga el honor de recordar esta obra, para
evitarle incómodas búsquedas a la posteridad.
Acabamos de leer una entrevista en la que el poeta
renunciante opina que los poemas de Borges son
francamente malos.
A partir de la lectura de los suyos, podemos entrever otra
manera de estrechar las manos del maestro.


